Aquel que nunca me deja

Retrato de Martí hecho en Washington, 1891. Foto: Archivo

A fines del siglo XVIII, la oscura conciencia de sí, de su diferencia de lo español, que los habaneros comienzan a alcanzar a raíz de la toma de su ciudad por los británicos y que, por otras motivaciones, va a producirse también en Santiago de Cuba, parece calar en las más sobresalientes sensibilidades de la Isla: las de sus poetas.

Esa sensibilidad camina por el sendero abierto por el canario Silvestre de Balboa en su discutido Espejo de paciencia. Se encamina –antes que don Andrés Bello– a cantar «la agricultura de la zona tórrida», a elogiar las frutas, la naturaleza cubana. En esta dirección está, claro, la famosa «Oda a la piña», del habanero Manuel de Zequeira (…).

Pero la patria no es la patria todavía. Están también –junto a la piña de Zequeira, acaso en la misma tarima del mercado– las sabrosas frutas del santiaguero Manuel Justo de Rubalcava, que van integrando la sólida cornucopia de una tierra distinta de la española; mas faltaban años para asistir al nacimiento de las palmas, que Heredia no ve, sino que (más fuertemente aún, por estar más cerca del alma) imagina junto al torrente poderoso de la catarata del Ontario.

La riqueza de Cuba, el esplendor azucarero se va a afianzar al inicio del siglo XIX (…).Don Francisco de Arango y Parreño prevé el cúmulo de riqueza que producirá la industria azucarera e inicia un pensamiento reformista el cual, de una manera u otra, va a nuclear a su alrededor una poderosa intelectualidad. Esa capa pensante ya será, desde entonces, la generadora de los cambios y proyectos de cambios en la Isla (…).

A principios del siglo XIX esa intelectualidad reúne personalidades como Varela, Heredia, José Antonio Saco, Domingo del Monte, Luz y Caballero, José Jacinto Milanés, Anselmo Suárez y Romero, Cirilo Villaverde, el mulato Gabriel de la Concepción Valdés y el negro esclavo Juan Francisco Manzano, para no mencionar a Gertrudis Gómez de Avellaneda, cubana siempre, aunque se radicara en España y los peninsulares la consideren suya.

Por supuesto, hay entre estos nombres –demasiado rápidamente consignados– las más diversas ideologías. Pero todos contribuyen en distinta y creciente medida, a ir creando en Cuba un pensamiento «para sí», una comprensión de sus modos de ser, de sus problemas y de las eventuales fórmulas para la solución de ellos.

El epítome de esa intelectualidad, a fines del siglo, es José Martí, el habanero hijo de valenciano y canaria que diseña el proyecto de la república cubana a finales del siglo XIX.

Claro que Martí –¿cómo iba a ser de otra manera?– asume la tradición independentista que desencadenó la Guerra del 68 y se vincula a los líderes históricos (Gómez, los Maceo, Calixto García, Flor Crombet et al.) capaces de llevar adelante lo que él llamó «la guerra necesaria».

Pero si es heredero y continuador de esa tradición de acción, lo es también de la poesía y del gran pensamiento cubano que lo preceden: Varela, Heredia, Luz, Saco, Del Monte, Mendive. (…)

Pero con Martí ese proyecto hereditario se transforma radicalmente. No solo porque va a buscar su apoyo en los sectores populares, en quienes él llama «los pobres de la tierra», en un momento en que las clases poseedoras han sido muy menguadas en Cuba, arruinadas por la guerra, sino por ser un político que crea su programa haciéndolo surgir de y apoyándolo en la filosofía y la poesía.

Martí vive en la etapa de su madurez intelectual en Estados Unidos. Exactamente en Nueva York. Ahí asiste a la fase de plenitud del capitalismo norteamericano y al instante en que este va a dar el salto a su expansión financiera. (…)

Las primeras crónicas de Martí en Estados Unidos, son las del ciudadano de una colonia tiranizada por su metrópoli, que choca de pronto con la democracia liberal norteamericana y, en cierto sentido, se deslumbra. Paulatinamente, sin embargo, esa visión comienza a cambiar. Las crónicas escritas ya a fines de la década de 1880 muestran a un Martí que ha comprendido que la democracia estadounidense ha sido totalmente condicionada por la riqueza. La república democrática se ha convertido en una «república de clases», incapaz por serlo, de garantizar la que él quería como ley primera de la república: el culto a la dignidad plena del hombre.

A fines de la mencionada década del siglo XIX Martí ha conformado una inapelable visión crítica sobre el capitalismo norteamericano.

En las magistrales crónicas que escribe para el diario argentino La Nación, en torno al proceso en el que son condenados a la horca los anarquistas de Chicago, sus juicios resultan terminantes. Al señalar las causas que motivan una huelga en demanda del cumplimiento de la jornada laboral de ocho horas, tal y como legalmente estaba establecido, escribe: «

¡Quien quiera saber si lo que pedían era justo, venga aquí; véalos volver, como bueyes tundidos, a sus moradas inmundas, ya negra la noche; véalos venir de sus tugurios distantes, tiritando los hombres, despeinadas y lívidas las mujeres, cuando aún no ha cesado de reposar el mismo sol!».

Y, en su valoración completa del episodio: «Ya, en danza horrible, murieron dando vueltas en el aire, embutidos en sayones blancos. Ya, sin que haya más fuego en las estufas, ni más pan en las despensas, ni más justicia en el reparto social, ni más salvaguardia contra el hambre de los útiles, ni más luz y esperanza para los tugurios, ni más bálsamo para todo lo que hierve y padece, pusieron en un ataúd de nogal los pedazos mal juntos del que, creyendo dar sublime ejemplo de amor a los hombres aventó su vida con el arma que creyó revelada para redimirlos. Esta república, por el culto desmedido a la riqueza, ha caído, sin ninguna de las trabas de la tradición, en la desigualdad, injusticia y violencia de los países monárquicos».

No será uno trazado a partir del norteamericano, el modelo de sociedad que quiere para Cuba ni para la que denominará, apenas tres años después, en un famoso ensayo, «Nuestra América».

El día anterior a su muerte en Dos Ríos le escribe a su hermano mexicano Manuel Mercado, que todo el objetivo de su lucha ha sido:  «impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América».

Es en esta carta donde escribe: «Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas: –y mi honda es la de David».

En Martí se produce un extrañísimo caso en el que un mismo hombre es, a la vez, el mayor pensador, el mayor escritor y el mayor político de su país. Es el generador de una guerra independentista en la que muere, y los cubanos van a padecer permanentemente la frustración de no haber sido gobernados por el único hombre que ellos pensaban que lo merecía.

(…)

Algunos han tratado de «santificarlo». Incluso, con ese adjetivo de santo, se editó hace años un famoso estudio de Luis Rodríguez Embil. Jorge Mañach le dio otro apelativo religioso, que tuvo mucha más fortuna: el de Apóstol. Acaso porque podía laicizarse, y ver a Martí como el propagador de una doctrina que es casi religión, sobre todo por el fervor que concita. (…)

Siempre me ha parecido ejemplar aquella desolada crónica que Rubén Darío publicó en La Nación, de Buenos Aires, al producirse la muerte de Martí. Ejemplar por el acierto del nicaragüense al valorar a un escritor que no tenía aún el reconocimiento al que era acreedor; ejemplar, hasta en el reproche formulado a la Cuba por la que Martí entregó la vida:

«¡Oh Cuba! Eres muy bella, ciertamente, y hacen gloriosa obra los hijos tuyos que luchan porque te quieren libre; y bien hace el español en no dar paz a la mano por temor de perderte, Cuba admirable y rica y cien veces bendecida por mi lengua; mas la sangre de Martí no te pertenecía: pertenecía a toda una raza, a todo un continente; pertenecía a una briosa juventud, que pierde en él quizá al primero de sus maestros; ¡pertenecía al provenir!».

Ese es otro drama que Cuba ha enfrentado al asumir esa herencia maravillosa y abrumadora que es Martí: el sentir la presencia de un hombre y un pensamiento acaso demasiado grandes para ella, acaso demasiado grandes para el mundo.

La real seriedad de Martí está en su programa, en su manera de pensar al hombre y al cubano (…). Ahí está su grandeza, que pudiera ser también una fuerza arrasadora, porque implica la persecución de un ideal, de una norma moral, de un ideal inalcanzable de justicia y belleza colectivas que es siempre el paradigma, el supremo objetivo del país y de sus hombres. (…)

Uno de sus más importantes estudiosos en Cuba, Roberto Fernández Retamar, cuando lo ve (en su poema «Usted tenía razón, Tallet, somos hombres de transición») desde su propia condición de poeta, va a colocar al sujeto lírico que representa al autor, como una transición  «entre algún guapo de barrio y José Martí, que exaltaba y avergonzaba brillando como una estrella».

Dos verbos capitales emplea aquí el poeta, en una comprensión que puede ser más honda que la de cualquier ensayo: exaltar, con la fuerza conmovedora de su persona, su pensamiento y su palabra; avergonzar, porque esa fuerza es tal, que resulta inalcanzable, como puede serlo un astro; porque la vergüenza proviene del hecho de ser hombres como Martí, pero él está muy por encima de nosotros.

Una percepción análoga he visto hace poco en un ensayo del poeta José Kozer, un judío viboreño que marchó con sus padres a Nueva York en 1960, a los 20 años, y que ha vivido allí con una entrañable fidelidad a lo cubano. En un ensayo que él titula «Martí, una ansiedad», escribe: «Esto, lo intuyo de muchacho, lo reconozco ahora, es demasiado alto. Es imposible vivir con el lenguaje y la pureza ética del Apóstol. […]Pero tampoco invoqué su nombre, porque ese nombre contenía y contiene una tal enrarecida altura de amor y verdad que lo mejor es callarlo hacia afuera y recordarlo constantemente, como a un Cristo, a un Buda, a un Gandhi, hacia adentro. Es lo mejor, evitarlo. Lo mejor es seguir viviendo esta ansiedad, esta ansiedad de su influencia y martirologio, la del Martí, mártir».

Pese a sus enemigos y manipuladores, pese a quienes todavía no lo entienden, Martí es la suprema riqueza de los cubanos y la ansiedad permanente del mayor y más alto destino imaginado para este pueblo. Porque si es Apóstol, lo es de algo que va mucho más allá de la independencia cubana. Es el Apóstol de un destino que todavía espera por nosotros.

Ahí está Martí, estará siempre para los cubanos. A menos que la Isla vuelva al fondo del mar que la rodea.

*Fragmentos tomados del libro Por el camino de la mar o Nosotros los cubanos

 

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