Conozca los ganadores del concurso El Martí que conocemos

Dibujo y caricatura: Cándido Cuenca Fuentes 

La Tela de Oro

Por: Liz Blanco Hernández

Jorge era un niño de nueve años muy maduro para su edad. Era alto, tenía los ojos azules como el cielo y su pelo color rojo intenso. Pero los que miraban a Jorge no se fijaban en sus ojos, ni en su pelo, ni en lo alto que era, ellos se fijaban en las enormes ojeras que rodeaban sus ojos porque, aunque no se lo había dicho a nadie, él tenía miedo a soñar.

Jorge soñaba siempre lo mismo: con una tela color dorado que tejía poco a poco una viejecita bastante fea sentada en una silla de madera tallada toscamente. A veces en sus sueños podía divisar en la tela figuras que se movían y le resultaban extrañamente familiares.

Una noche, durante su recorrido habitual, Jorge pudo ver algo que no había visto antes. En la pared de su cuarto, pegado al piso, había un pequeño hueco que emanaba una luz dorada. Se agachó y vio una pequeña botellita que tenía en el pico una nota, y decía: «Yo, protectora de los sueños y de la imaginación, te invito a entrar en mi morada y entonces podrás soñar, solo bebe de esta botellita y ya verás».

Él no creía que aquello fuera real, pensó que por primera vez tenía un verdadero sueño sin pensarlo, bebió el contenido de la botella. Cuando aquel extraño líquido tocó sus labios, un travieso cosquilleo le recorrió desde la garganta hasta el estómago y se le expandió por todo el cuerpo. Al segundo, lo único que supo Jorge era que tenía el tamaño suficiente para entrar en el agujero de la pared. Sin dudarlo ni una vez entró, pero lo que vio le hizo arrepentirse de su decisión.
Adentro estaba la misma viejecita, aún más fea en persona, tejiendo aquella tela de oro que revestía todo lo que parecía ser un salón poco iluminado. Jorge quiso salir corriendo, si no hubiera sido porque sus piernas le fallaron y permanecieron firmes por miedo. Entones la viejecita dijo con voz muy aguda:

–Niño, no tengas miedo, no te voy a comer. Jorge caminó despacito hasta la viejecita, pero algo le detuvo. Divisó en el suelo la tela color dorado en la que, como en sus sueños, las figuras se movían.  Pudo ver una niña descalza caminando por la arena con unos zapaticos de rosa en las manos, a un niño de cabellos rubios colocando un sable de oro bajo la almohada de su primo y un pequeño hombrecito que vence con su inteligencia a un gigante. Entonces preguntó:

–Señora ¿por qué teje los cuentos de La Edad de Oro?

–¡No! Yo tejo un sueño que tuvo un niño a tu edad. Todas las noches venía y me contaba sus sueños. –dijo la viejecita con voz triste y dejando las agujas caer sobre sus piernas.

–¿A ti te gustaría continuar su legado?– le preguntó la viejecita.

–¿Qué significa eso?

–Significa que todas las noches vendrás aquí y me contarás tus sueños, ¿qué te parece?

–A mí me gustaría, pero hay un problema, yo no tengo sueños.

–Tranquilo –dijo la viejecita– si tú deseas podrás tener sueños ahora que conoces la verdad.

Jorge vio cómo todo a su alrededor se distorsionaba y una luz le molestaba en los ojos. Desde aquel día Jorge sueña cosas increíbles, y le narra todas las madrugadas a la viejecita que, sentada en su silla tallada bruscamente, hila una nueva tela.

Cartel: Ignacio Lumpuy Tallet

Martí y la convicción profunda

Por: Alberto Céspedes Mora

Hay pensamientos revolucionarios que para llevarlos a vías de hecho, en la actual batalla de ideas, no es posible lograrlos si no se domina a plenitud lo que no es una mera fas construida, sino una concepción debidamente pensada. Me refiero en particular a la composición, la convicción profunda, señalada por Fidel en su concepto de Revolución.

Muchas veces los revolucionarios propugnamos alcanzar la convicción profunda de categorías que en términos teóricos de las ciencias sociales pueden ser definidas hasta como abstractas, tales como la invencibilidad de la fuerza de la verdad o las ideas, lo que solo se puede concretar y hacer tangible, cuando con justicia se derrota al enemigo en ese terreno de pensamiento. Para ello hay que alcanzar la convicción profunda.

Dice Martí que un principio justo desde el fondo de una cueva puede más que un ejército, y no nos está diciendo con ello que dejemos de tener nuestro ejército debidamente alistado, sino que está haciendo énfasis en que si en el conjunto de nuestro pueblo se concientizan la justeza de nuestras ideas, esa convicción se convierte en una muralla o coraza más fuerte que un ejército.

¿Qué era para Martí la convicción profunda?

La convicción profunda fue explicada por Martí en sus crónicas de «Escenas Mexicanas», un 13 de mayo de 1875, cuando expresaba: «Nada hay que cautive tanto el ánimo como una convicción noblemente tenida, honradamente dicha, libre y concienzudamente expuesta; –nada hay que lo aflija tanto como un alarde de creencia, un lujo de conocidas falsedades, una convicción vacilante sostenida con un mentir apasionado, un hecho leal y sincero comentado de una manera conscientemente errada y desleal».

El 4 de agosto de 1875, expone «…la convicción profunda que vale más que la cabeza pensadora». ¡Qué genio el de Martí! ¡La convicción profunda que vale más que la cabeza pensadora! Claro, todo homo sapiens piensa, pero no es pensar, es convencerse, punto en el cual el hombre alcanza un nuevo valor que multiplica su accionar.

Hace también Martí mención a la convicción, refiriéndose a las características de la personalidad de Lucy Parsons, cuando expresa el 7 de noviembre de 1881: «…viene su poder de la elocuencia de donde viene siempre, de la intensidad de la convicción», de lo que se interpreta que solo la convicción puede hacer parir una elocuencia natural.

Del pensamiento martiano sobre la convicción se deduce que la convicción profunda implica la creencia cierta en una idea; la confianza en que su desarrollo y aplicación conducirá al triunfo final de un proceso y que esa idea convertida en convicción está cargada de intensidad, de amor, de emoción, de pasión; de sensibilidad humana en la solución de algún fenómeno negativo que impacta en la sociedad, en las masas populares, en el pueblo, que es donde nace su espíritu noble. Gracias, Martí.

Cartel: Arlenis Muñoz Morejón

Tras la huella de un visionario

Por: Rolando Toledo Rosabal

Hoy más que nunca se rememora en Guanabacoa la presencia viva del joven orador ante las exequias de su dilecto amigo, el poeta Alfredo Torroella, tendido, según cita textual, a la entrada del vestíbulo del Liceo de Guanabacoa. Se conservan algunos fragmentos interesantes de esta pieza fúnebre, llamada por los romanos oratio finus, refiriéndose al homenaje dado a una persona fallecida, ocurrida el 22 de enero de 1879, y recogida en el Diario de Matanzas por su amigo y maestro de escuela Rafael María de Mendive, en la edición del 25 de enero de 1879.

Esta realidad se evidencia por el hecho propio que desde 1989, la Dirección Municipal de Cultura y el propio Liceo de Guanabacoa, convertido hoy en Casa de la Cultura Rita Montaner, celebran este año la edición XXIX del Concurso Literario Alfredo Torroella, dedicado como homenaje a esa figura del territorio, así como a resaltar la visita hecha a este sitio por nuestro Héroe Nacional. Este evento, además, tiene como colofón promover y propiciar entre la población el incremento de los valores de la creatividad literaria, así como la participación de los integrantes de talleres literarios de nuestro municipio y del país en general.

El 29 de enero se cumple el aniversario 139 de ser nombrado José Martí miembro de la Sección de Instrucción del Liceo Artístico de Guanabacoa, nombramiento que se le otorga después de haberse escuchado su panegírico. Conocemos, además, que entre septiembre de 1878 y finales de agosto de 1879, Martí visita con asiduidad las casas de sus amigos en los barrios de Barreto, Cruz Verde y de Castanedo, del mismo modo que gustaba deambular por las céntricas calles de la urbe guanabacoense; participaba activamente con notabilísimo aporte en las fraternas reuniones organizadas por Nicolás Azcárate; asimismo, como prueba de ello, en marzo se le ve enfrascado en las deliberaciones filosóficas que se celebran sobre el debate planteado entre «El Idealismo y el Realismo en el Arte», donde se inclina por defender la supremacía del primero, conclusiva de la realidad imperecedera que posee el reino de las ideas.

Hay un hecho en la vida de Martí que reafirma su amor a Cuba: al aceptar las honras del funeral, el 2 de abril de 1879, en el tributo realizado por el Liceo de Guanabacoa al violinista Rafael Díaz Albertini, aun cuando Martí sabía a lo que se estaba exponiendo, une de manera sagaz e inteligente, con inspirado discurso, esa cláusula de libertad y denuncia opresora que tanto malestar pudieron haberle causado.

Entresacamos de sus propios apuntes, que Martí tiene la sapiencia de preparar, aquellas anotaciones donde su lenguaje semiológico se dispara como flecha que tiene el poder de desafiar cualquier tiranía opresora, donde expresa: «… sacúdese el espíritu rebelde, despiértense las aves cautivas, irradia fulgor vivísimo la sombra… en nombre de todos los que sufren, de todos los que aman, de todos los que esperan… sabía que mi pobre patria iba a tener un día de fiesta…

Para su patria deben trabajar todos los hombres…».
Es por ello que debemos recordar, investigar, estudiar y poner en práctica los ideales de Martí; para que Cuba entera intelectiva, que está en todas partes del mundo, florezca más en nuestros anhelos de identidad nacional; pues aquí todos los días, los niños se levantan para aprender a leer y escribir, desde la punta de Maisí hasta el Cabo de San Antonio, porque sabemos de verdad que el alma volitiva de Martí, todo su ser espiritual, vive y perdura en el corazón de nuestra cultura y cubanía; puesto que Martí se encuentra aquí, para todas las épocas como un heraldo inmarcesible, guiándonos hacia aquella cúspide donde no cesa de mirarnos, alertando y previendo los embates que traen los nuevos tiempos.

Entonces, para la Villa de Pepe Antonio, la presencia de Martí se convierte en un legado que debemos mantener, para que su vida y su obra cobren una razón de ser, más creciente y sostenible cada amanecer.

Cartel: Yudith Rego Chang 
Mención Especial, Dibujo infantil: Marcos Ernesto Lamela Aragonés 

 

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