El boxeador del Moncada sigue invicto

Tomado del Granma.

Girardo Cordova Cardín
Publicada: 14/06/2013
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Contó Elio Menéndez, quien se sabía cada pulgada de los cuadriláteros cubanos y con su sensibilidad captó cada detalle de los héroes y de las hazañas que por ellos pasaron, que Giraldo Córdova Cardín se despidió de Lázaro, su padre, el día 24 de julio hace 67 años. Le dijo que iría a Matanzas, en busca de un trabajo que le permitiera mejorar sus ingresos.

El hijo le aseguró que al día siguiente, en la noche, estaría listo para subirse al ring en la arena Rafael Trejo frente a Julito Rojo, en la que sería su séptima pelea en su aún corta carrera en el pugilismo, en la cual tenía balance de cinco victorias y una tabla. Sí, perdió aquel combate, por no presentación, ante la inconformidad de un público que, en las gradas, quería ver al invicto boxeador de solo 23 años, en la lid Guantes de Oro.

Pero eso fue solo en los libros de récords, porque él ya había ganado. Aunque no pisó el suelo yumurino, sí fue tras un mejor futuro, no para él, sino para todos; estaba decidido a que los niños fueran a la escuela que él tuvo que dejar antes de terminar la primaria, pues tenía que hallar, trabajando, el sustento de una familia en la que solo contaba con Lázaro, al quedar huérfano desde que tenía un año.

Aun así leyó mucho a José Martí, quien se le hizo más preclaro desde el golpe del 10 de marzo de 1952, cuando se instaló en Cuba la sangrienta dictadura de Fulgencio Batista. Su séptimo combate fue contra ella, el 26 de julio de 1953, en la posta tres del cuartel Moncada.

Aquella gesta, tal cual se lee en el informe central al I Congreso del Partido Comunista de Cuba, en 1975, no significó el triunfo de la Revolución en ese instante, pero señaló el camino y trazó un programa de liberación nacional que abriría a nuestra Patria las puertas del socialismo.

Cuando el pugilista, sin guantes en sus manos, pero con todo el pueblo en su pecho, cayó en el Moncada, entonces era analfabeto el 23,6 % de la población mayor de diez años; solo estaba matriculado en las escuelas existentes el 55,6 % de los niños entre seis y 14 años, y la población mayor de 15 tenía un nivel educativo promedio inferior a tres grados. Su jab, su uppercut, su vida toda la entregó para que cambiara tan desolador cuadro.

Hoy, datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, dan cuenta de que la escolaridad promedio de la población cubana mayor de 25 años asciende a 11,5 grados. Mientras, la esperanza de ese índice es de 13,8 (casi segundo año de enseñanza universitaria), y en una población con poco más de 11 millones de habitantes, se han graduado más de un millón de universitarios. Son más de 10 580 los centros educacionales en todos los niveles y tipos de enseñanza, incluyendo las escuelas deportivas, desde donde Cuba emerge como una potencia mundial.

Desde esos recintos germinó lo que hoy es la Escuela Cubana de Boxeo, de la cual uno de sus padres fundadores es un negro igual que él, Alcides Sagarra, quien se hizo Doctor en Ciencias, y esculpió un verdadero firmamento con una sideral estela dorada, que hoy atesora 37 títulos olímpicos y 77 mundiales. A él le escuché hablar, con devoción, de Córdova Cardín: «Con ese espíritu han sido formados nuestros grandes campeones, como Teófilo Stevenson, que renunció a todo el dinero del mundo por la gloria de su pueblo», esa que defendió y por la que dio su vida el hijo de Lázaro.

Por eso, cuando salió del apartamento tres en la avenida 51, No. 5645, para encontrarse en el parque capitalino de La Ceiba y partir hacia Santiago de Cuba, junto a sus compañeros de célula, Fernando Chenard, Pedro Marrero, Miguel Ángel Oramas, Guido Fleites y los hermanos Manuel y Virgilio Gómez Reyes, se sentía campeón. Por lo que hoy es Cuba, el deporte y su boxeo, al que tanto amó, ni la soldadesca que lo apresó, torturó y asesinó, pudo vencerlo, siguió invicto, porque el revés se convirtió en victoria para alumbrar ese porvenir que le dijo a su padre iría a buscar.

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