El monarca de la mesa criolla

Tomado de Juventud Rebelde.

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A unos 80 kilómetros de la ciudad de Vertientes, en la provincia de Camagüey, más cercana a la costa sureña, se localiza la comunidad del Cenizo, geografía arrocera por excelencia de la extensa llanura. Allí, nos encontramos con Rafael Martínez Miranda, quien con solo 22 años de edad, tiene sus manos encalladas de tanto trabajar en el campo.

«Soy arrocero y aunque es duro este trabajo, la verdad es que no hay quien me saque de aquí. Siempre tuve bien claro que este era mi futuro, como mi abuelo, Rafael Miranda, que ya pica los 90 años y es fundador de la actual empresa agroindustrial de granos Ruta Invasora», dice.

Rafael Martínez Miranda. Foto: Yahily Hernández Porto

Y es que este joven posee una caballería de tierra, la cual obtuvo a través de la Resolución 449/2013, del Ministro de la Agricultura, que prioriza la entrega de tierras ociosas en usufructo a los licenciados del Servicio Militar Activo.

«Esta labor demanda de mucha disciplina tecnológica, porque al arroz hay que darle lo que lleva en cada etapa, pues si no la cosecha no resulta buena; y se “entierra el esfuerzo y los insumos en el surco”, como decimos muchos por acá».

Martínez Miranda, graduado de Técnico Medio en Agronomía, estima que actualmente hay buenas maquinarias y secaderos para la cosecha y secado, pero que «la mala nivelación del suelo aumenta el consumo de los insumos en el campo y disminuye la eficiencia de la cosecha».

Refiere que «sin el adecuado mantenimiento de los suelos, más la permanente labor del hombre sobre ellos, aumentará su deterioro. Hay que lograr que la profundidad del suelo sea igual en el campo, para que además se ahorre agua durante todas las etapas que requiere este cultivo».

Este joven, asociado a la cooperativa de créditos y servicios Manuel Ascunce Domenech, describe «que lo mismo te encuentras un suelo rasante a la bota o que a varios metros del lugar te puedes enterrar a mitad del pecho. Así es muy difícil ahorrar agua y hasta combustible, muy escaso en este momento», añade.

La imprescindible solfa de la cocina cubana

Dicen que una mesa sin arroz es como una fiesta sin música. Por eso en América Latina más del 40 por ciento de las proteínas y calorías ingeridas son aportadas por este cereal; y en Cuba es raro no encontrarlo en cada comida, casi siempre acompañado del frijol, por lo sabrosa y nutritiva que resulta esta mixtura.

En 2019, la Mayor de las Antillas planificó sembrar 139 000 hectáreas de arroz, pero en junio la situación del país se agravó por el arrecio del bloqueo económico y financiero de Estados Unidos, y el «puñetazo» impactó de manera brutal sobre el agro cubano.

«Enfrentamos severos déficits de fertilizantes, plaguicidas y combustibles, por lo que reajustamos inmediatamente el plan de producción y entrega de arroz para el consumo. De las hectáreas previstas solo pudimos sembrar 111 000. Eso representó el 80 por ciento», explica Lázaro Díaz Rodríguez, director de la División Tecnológica de Arroz, del Grupo Empresarial Agrícola.

Lázaro Díaz Rodríguez. Foto: Archivo de JR

Señala que al reducirse las áreas previstas no pudo cumplirse el plan de producción de arroz consumo del año, el cual aspiraba a lograr 311 000 toneladas. Se reajustó entonces a 221 500 toneladas, y de las 247 000 que debían destinarse al encargo estatal, solamente se pactaron 170 000.

«Tan duro como el descenso de los planes fue el bregar de los arroceros. Al cierre del año se sobrecumplieron los planes reajustados y se alcanzaron 246 700 toneladas de arroz consumo, lo que significó un 111 por ciento de cumplimiento.

«Se logró entregar al encargo estatal 200 200 toneladas: 30 200 más que las planificadas, luego de reajustar el plan, con lo cual se le ahorró al país cerca de 15 millones de USD, por concepto de sustituir importaciones en la compra de arroz».

—¿Cómo lograron esas toneladas de más? ¿Fueron objetivos en el momento de planificar?

—Fue con mucho sacrificio y apelando al potencial de todas las fuerzas subjetivas que existen en el gremio arrocero. Se requirió de una disciplina tecnológica férrea para no renunciar a los compromisos.

«Controlamos la producción hasta el último grano. Aplicamos productos biológicos y otras alternativas que suplieron, en parte, el déficit de fertilizantes y productos químicos, gracias a lo cual pudimos recuperar 13 000 hectáreas que se habían quitado en junio del plan original. También los productores entregaron un porciento de arroz que como parte del balance tenían autorizado para su autoconsumo familiar.

«Se trabajó, además, en el incremento de los rendimientos industriales, exigiendo estrictamente el cumplimiento de la disciplina tecnológica en cada uno de los procesos. Las empresas más aportadoras fueron las agroindustriales Sur del Jíbaro, en Sancti Spíritus, y Ruta Invasora, en Camagüey. Ambas, unidas a la de Las Tunas, cumplieron el plan técnico económico aprobado antes del reajuste».

—¿Por qué unas cumplieron ese primer plan y otras no?

—Las que lo materializaron se encuentran dentro de las empresas de mayores rendimientos del país y lograron cumplir y sobrecumplir los planes de siembra de la campaña de frío, que es la más aportadora. Fueron capaces, además, de planificar y organizar desde el inicio la siembra y la cosecha, de modo tal que les permitió recolectar la mayor cantidad del grano en el momento más óptimo para cosechar.

—¿Qué lecciones deja este año para los arroceros?

—Se demostró que aun con las limitaciones de los insumos se puede producir, porque subyacen potencialidades de eficiencia que no siempre se ponen en práctica con el rigor necesario. Dejó claro que cuando el principal recurso —el humano— se organiza, se pueden lograr muchas cosas que a veces con recursos, pero con falta de exigencia, no se alcanzan.

—De no estar afectados por la falta de recursos, ¿cuánto pudieran aportar los arroceros a la economía?

—Se pudiera ir creciendo paulatinamente de acuerdo con lo proyectado en el Programa de desarrollo integral del arroz, que tiene previsto hasta 2030 sembrar 200 000 hectáreas del cereal.

«De no existir un grupo de limitaciones objetivas, y respetar la disciplina tecnológica iríamos creciendo en los rendimientos de manera paulatina, hasta alcanzar entre cinco y seis toneladas de arroz por hectárea; y pudiéramos lograr en las áreas previstas    1 200 000 toneladas de arroz cáscara húmedo, lo que equivale tras la molinería a 600 000 toneladas de arroz consumo. Eso representa el 85,7 por ciento del total de la demanda nacional».

—¿Qué fortalezas tiene el país para seguir produciendo arroz?

—Contamos con la tierra suficiente, la cual bien aprovechada puede tributar los volúmenes previstos hasta 2030. Se han realizado, además, un grupo de inversiones en maquinaria agrícola e industrial. También se han desplegado brigadas especializadas para los trabajos ingenieros en las infraestructuras agrícolas y en transporte, lo que nos permite avanzar.

«Hasta 2030, el país ha previsto 889,7 millones de pesos para nuestras inversiones. Con las ejecutadas hasta la fecha y las que están en proceso se respaldan los niveles de siembra y producción planificados para esta etapa. Faltaría entonces completar nuestras industrias del molinado, con equipamientos tecnológicos que permitan logra mayor calidad del grano listo para el consumo. Y eso también está previsto en el Programa de desarrollo integral del arroz.

«Tenemos también como fortaleza estar transformando con tecnología de punta los sistemas de campo, de riego y drenaje, viales y otras infraestructuras arroceras. Todo eso redundará en el uso eficiente del agua, que es uno de los recursos más importantes demandado por el cultivo.

«De valor inestimable resulta contar con el ciento por ciento de nuestra semilla de arroz categorizada. Eso se debe al trabajo realizado de conjunto con el Instituto de Investigaciones de Granos (IIG), las empresas agroindustriales de granos, unidades productoras y productores vinculados con el programa.

«Es meritorio, además, poder contar con la experiencia de Vietnam y Japón, países que mediante proyectos de colaboración nos aportan tecnología y equipamiento, y junto con el IIG y las empresas arroceras desempeñan un papel importante en la capacitación y extensionismo, que abarca todos los niveles hasta el productor individual».

Ciencia a pie de surco

Son muchas las historias de jóvenes vinculadas con el arroz y más de cuando utilizar la ciencia se trata. Cerca de una década de labor ininterrumpida como arrocero atesora Alexander Veitía Salvador, uno de esos jóvenes a quien muchas veces la mañana lo ha sorprendido caminando los sembrados de arroz.

Alexander Veitía Salvador. Foto: Yahily Hernández Porto

Cuenta este ingeniero agrónomo, de la unidad básica de producción cooperativa El Cenizo, que aquí es un sueño cumplido la calidad de la semilla, «nadie siembra una semilla de mala calidad, todo el mundo lo hace pensando en el rendimiento por caballería».

Señala que ciertamente la puntualidad del paquete tecnológico influye en la producción, «pero que la disciplina del agricultor es vital para enfrentar la escasez de algunos insumos como los plaguicidas y el combustible», remarca.

Argumenta que cuando en 2011 comenzó su labor en este coloso arrocero vertientino, la semilla de calidad había que buscarla con pinzas en otro lugar y ahora está disponible en los campos, aunque señala, «aún hay mezclas de semillas en algunas áreas de cultivos, y es por eso que es vital seguir buscando eficiencia y fortalecer la disciplina en los agricultores».

Ello está en sintonía con el programa de desarrollo arrocero iniciado en 1997 en Cuba. En ese entonces los rendimientos eran de un poco más de una tonelada por hectárea. En la actualidad, gracias a la consolidación del mismo, se logran cuatro toneladas por hectárea.

Con esa apreciación, Telce Abdel González Morera, director del Instituto de Investigaciones de Granos, refiere cuánto se ha avanzado para consolidar un programa que es estratégico para el país, porque es parte imprescindible de la base alimentaria de la nación.

Telce Abdel González Morera. Foto: Archivo de JR

También el joven científico refiere que en el archipiélago el programa de mejoramiento genético del arroz data de 1969, cuando se contó con la primera colección de variedades obtenida por el Instituto Internacional de Investigaciones del Arroz, con sede en Filipinas.

Desde entonces —explica— comenzó el desarrollo de una estrategia que ha ganado madurez. Todas las variedades que se emplean a escala comercial se obtienen de las directrices de mejoramiento genético, rectorado por el IIG, en el cual participan activamente centros como el Instituto Nacional de Ciencia Agrícola, que nominó la INCA-LP5.

Reconoce que una de las fortalezas del desarrollo del programa arrocero es contar con 67 variedades cubanas, de las cuales más de 40 han sido nominadas, liberadas o creadas por el IIG, y el resto por el Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas (INCA).

Aclara, además, que el programa de mejoramiento genético no es de una sola institución: «nosotros lo coordinamos, pero participan muchas instituciones. El Inca, que este año cumple 50 años, desempeña un papel primordial junto a nosotros. También trabajamos junto con un grupo de universidades, el Instituto de Sanidad Vegetal, el Instituto de Suelos, el Censa y demás centros científicos».

Espectro de variedades

Lo más importante para el desarrollo de ese cultivo, al referirse a las variedades, no son los números, según González Morera, sino que entre ellas las hay de ciclo corto, de ciclo medio, las hay tolerantes a la salinidad, y a la sequía. Hay, además, variedades que con menos nitrógeno tributan buenos resultados.

«Cuando se mira desde el punto de vista de calidad, hay variedades que tienen el grano más largo, otras más corto. También hay unas que cocinan más desgranado y otras menos. En buen cubano: unas son las típicas para un buen congrí, otras quizá para hacer un buen risotto, y hasta las hay muy buenas para hacer sushi».

El Director del IIG señala que lamentablemente la mayoría de la población no conoce el exquisito sabor que poseen las variedades de arroz cubanas. «En la industria, debido a no contar con todas las inversiones terminadas en función de la calidad, se mezcla el arroz, se parten granos y hasta en ocasiones se añaden otras impurezas que impiden que sepamos a plenitud cuán sabroso es el cereal criollo», apunta.

«Te aseguro que a todo el que pueda comer arroz cubano producto de una industria con altos estándares de calidad le costará trabajo luego consumir algunos de los arroces importados, por muy famosos que sean el brasileño o el uruguayo…».

El IIG, según su Director, ha trabajado en temas relativos al riego, nutrición y protección de plantas. En cada una de estas investigaciones han acumulado notables resultados que han permitido que el programa de desarrollo arrocero haya avanzado.

«Lo relevante no son las cuatro toneladas por hectárea, sino que hay empresas como la Sur del Jíbaro, en Sancti Spíritus, que terminan sus campañas de frío con más de cinco tonelada por hectárea, y que falta muy poco para que puedan superar estos rendimientos. Y que cada día hay más productores que superan las siete y hasta las ocho toneladas por hectárea».

Como muy relevante González Morera señala que en los últimos años el IIG cambiara su forma de gestión para lograr que los resultados acumulados durante 51 años de fundado, lleguen a la producción y causen el impacto deseado.

«Ha sido un asunto muy complejo, que nos ha ocupado mucho en los últimos años, porque se trata de cómo crear interfaces que sirvan para dinamizar las relaciones del Instituto con los productores y demás personal que interviene en la producción. Es complejo, porque con los pocos recursos que tiene la institución, tenemos que ingeniárnosla para llegar a todos los productores del país —contratan arroz entre 18 000 y 24 000.

«No obstante, hemos apelado a un sistema de extensión que ayude a aproximar nuestros resultados a los productores, para que tengan un impacto positivo en sus producciones. También nos hemos dado a la tarea de formar extensionistas del Instituto en las provincias, los cuales se encargan de introducir y monitorear estos resultados.

«Todavía debemos hacer más para poner en manos de todos los productores nuestros resultados. Por eso hemos también acudido a la unión entre estos y las estaciones experimentales, junto con un sistema de extensión que se formó en las empresas.

«Con ese trabajo mancomunado han identificado un grupo de productores, que suman más de 220 y se han autodenominado productores extensionistas, y hemos creado una relación con los mismos muy seria, la cual ha establecido derechos y deberes.

«Ellos son los brazos nuestros en la producción. Son agentes de extensión e investigación. Yo siempre digo que son investigadores también. Además de validar nuestros resultados y ayudar a que lleguen a los demás productores, también contribuyen a la realización de investigaciones.

«Pretendemos, y lo vamos  a conseguir, que ellos irradien más en la zona donde están para poder impactar positivamente en la producción. Hoy ese es uno de nuestros principales retos: crecer, de manera tal que lo que el IIG genere y pueda estar en todo el país lo más rápidamente posible. Y, que también con inmediatez, los productores adquieran ese conocimiento y lo dominen en aras de mejorar sus producciones. Todo eso queremos lograrlo teniendo en cuenta las nuevas tecnologías.

«Muchos de estos productores son activos participantes en las redes sociales y desde estas nos hacen consultas. Desde esa plataforma también divulgan lo que hacen y socializan el conocimiento. Hemos comenzado a hacer un mapeo para ver cómo ellos se comunican entre sí; y hemos descubierto que ya hay intercambios interprovinciales, hay provincias donde intercambian los productores entre ellos, pero otras donde lo hacen con los de otros territorios. Eso da una información del escenario productivo que antes no teníamos.

«Estas dinámicas no son solo para mejorar la producción arrocera, lo hacemos así también para el maíz, el frijol y otros granos que queremos desarrollar más como el garbanzo, el sorgo, la soya; y para otros, que en algún momento queremos también intensificar, como el ajonjolí, el maní y el girasol».

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